El señuelo de lo natural

Por el 2 de octubre de 2003 | 12:00 am

El señuelo de lo Natural
No es natural todo lo que reluce.

Por Steven Novella, Dr. en Medicina – 5 Mayo 2005

Hace poco, de compras en un mercado, me percaté de que el pollo que estaba comprando estaba limpiamente envuelto en un plástico adornado con una etiqueta que me informaba de que el pollo era “completamente natural”, y que no contenía ingredientes artificiales. Me alegró saber que no estaba comprando un pollo artificial. Hay muchas posibilidades de que su botiquín, nevera, baño y las estanterías de su despensa estén repletas de productos cuyas etiquetas aseguren que son “completamente naturales” y libres de cualquier cosa “artificial”. Los expertos en marketing hacen lo imposible para asegurarse de que sus estrategias reflejan las actitudes de sus clientes, y desde el punto de vista comercial: natural=bueno, artificial=malo. Pero como sucede en la mayoría de las campañas de marketing, esta imagen tiene muy poco de real, y un cliente inteligente debería ser lo suficientemente sensato como para adoptar una actitud escéptica ante cualquiera de estas afirmaciones. Como la mayoría de las estratagemas comerciales de éxito indican, la mitología de lo “natural” refleja algo que va más allá de la psicología humana.

Los humanos están dotados de la emoción de disgusto, una adaptación evolutiva que nos lleva a evitar sustancias tóxicas y todo aquello con apariencia de putrefacto o contaminado. Esta emoción primitiva encuentra manifestaciones específicas en cada cultura particular. Los norteamericanos, por ejemplo, estamos obsesionados con la higiene. Nos gusta que nuestra comida venga al vacío, sellada en plásticos trasparentes. Y, además, también nos gusta que nuestros productos vengan ungidos con la virtud de lo natural. Estamos programados para reaccionar a la ingesta de cualquier cosa artificial como si fuera aceite de motor.

Saquemos a la luz lo que se esconde tras esta técnica comercial. Primero, la palabra “natural”, tal y como se emplea en marketing, no tiene una definición clara. Podría emplearse para dar a entender que el producto ha sido cultivado en lugar de manufacturado, o que ha sido manufacturado pero a partir de materias primas de origen natural. Existe también una línea difusa entre “cultivado” y “hecho”. ¿Qué porción del trayecto puede atravesar una sustancia cultivada sin perder la etiqueta de “natural”? ¿Qué ocurre si una manzana se divide en sus partes constituyentes? ¿Qué pasa si se mezcla con otras sustancias o se altera levemente? Una compañía llegó incluso al absurdo extremo de afirmar que sus productos eran naturales porque los átomos y elementos que los componían se encontraban en la naturaleza. Usando una definición tan burda, el plástico es natural.

Pero aún si empleásemos una definición más razonable de “natural” ¿por qué deberíamos preocuparnos? La implicación del marketing hace que los productos naturales sean mágicamente seguros y no tóxicos. Pero no hay razón para asumir que una sustancia natural no sea dañina para los humanos, de hecho la mayoría lo son. Arsénico, alcaloides, venenos y otros incontables productos de origen vegetal y animal son toxinas mortales. No les recomendaría ir al patio trasero a comer cualquier planta que encontrasen al azar, salvo que quisieran enfermar. La naturaleza no se preocupa por los humanos.

Recientemente, el término “natural” además de significar “seguro”, ha llegado a implicar también “medicinalmente efectivo”. Las leyes en EE.UU. (en concreto el Acta de 1994 para Suplementos Dietéticos, Salud y Educación) son tales, que la simple etiqueta “natural” permite que una compañía pueda realizar amplias afirmaciones sobre su producto sin la molesta carga de la realización de investigaciones y sin tener que probar evidencia alguna. Ni si quiera tienen que demostrar que cumple las normas básicas de seguridad.

En justicia, algunas sustancias naturales cuentan con una ventaja, a saber: muchas de estas sustancias llevan largo tiempo entre nosotros. Por ello, los humanos contamos con una amplia experiencia con ellas, de modo que nos hacemos una buena idea del grado de seguridad que poseen (aunque esto no implica necesariamente una garantía de seguridad). Por otro lado, las sustancias inventadas recientemente son desconocidas. Por ello, es cierto que somos más cautelosos cuando nos enfrentamos a dichas sustancias, por lo que las sometemos a cuidadosas investigaciones antes de permitir que lleguen al medio ambiente o a nuestras despensas. De hecho, a lo largo del siglo pasado, se dieron un cierto número de percances relacionados con nuevas sustancias, tales como la infame talidomida, un fármaco contra las nauseas recetado a mujeres embarazadas en Europa que provocaba deformaciones en los recién nacidos; la popularidad actual de los productos naturales se da en parte como reacción violenta a estas experiencias. Pero asumir que la prudencia ante lo “natural” y las sustancias familiares no es necesaria es un error. Cualquier cosa, en dosis suficientemente altas, es una toxina. Las vitaminas pueden matarle, y a dosis que es posible consumir accidentalmente. Por tanto es un grave error asumir que todas las afirmaciones sanitarias que hacen los fabricantes del producto sean ciertas.

Para finalizar el análisis, el término “natural”, cuando se aplica a productos, no debería implicar nada para usted, salvo que el encargado del producto le está calmando a través de una atractiva etiqueta. Debería usted saber qué es verdaderamente lo que compra (especialmente si se trata de la comida que usted ingiere y de las píldoras que toma) y qué evidencias científicas fiables aporta el fabricante sobre la seguridad del producto, así como la veracidad de las afirmaciones realizadas sobre él. Nuestras leyes deberían reflejar este enfoque racional. Deberíamos abandonar la falsa dicotomía entre “natural” y “artificial” como sustituto del aporte de evidencias y del análisis cuidadoso.

Aún así, no puedo evitar sentirme feliz por no haber comprado jamás pollos artificiales.


Steven Novella es profesor asistente de neurología en la Escuela de Medicina de Yale y presidente de la Sociedad Escéptica de Nueva Inglaterra (www.theness.com). snovella@theness.com


Traducido por Miguel Artime para:

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